Arraigos

Trabajar con familias y aprender de ellas es uno de las tareas más enriquecedoras que me da mi profesión. Y de una forma especial, me atrapa ese trabajo cuando salgo de Buenos Aires por poder tomar contacto con contextos diferentes.

En muchas de esas familias con las que puedo hacer talleres, veo algo que me resulta difícil de explicar porque siento que lo reduzco al hacerlo. Posiblemente, lo que vea sea una combinación de su confiada apertura, sus deseos de crecimiento como padres, el entrañable esfuerzo amoroso por sus hijos, una profundidad en la mirada que muestra una vida vivida con deseo y con un esfuerzo que siento admirable y seguramente otros aspectos de su "ser familia" que todavía me parecen misteriosos, pero que me hacen querer estar cerca. Son familias que me nutren. 

Hoy trabajé, (por suerte en equipo, porque solo no podría) con un grupo de ellos. Para nombrarlos voy a usar nombre ficticios, su intimidad es un preciado regalo que prefiero conservar y cuidar.

Y ahí están ellos, contando sus historias de pareja y dejándonos entrar en sus vidas. La emoción surge y se van acercando al darse cuenta de todo lo que atravesaron  juntos. Se quieren, se percibe un amor fuerte y resistente que nació en esos "bailes" en los que cuentan haberse conocido. 

Pero al escribir ahora sobre la experiencia, fundamentalmente me quiero detener en Juan.  
Cuando llega el momento de recordar una experiencia de disfrute juntos, un momento feliz de la familia, él con una mirada inenarrable, cuenta  su viaje a las "raíces de su padre". 
"Yo quería que ella conociera la tierra de mi padre, y viajamos hacia allá" (otra provincia), dice refiriéndose a su esposa, María.

Me zambullí en esa historia que él compartía con una alegría de esas que parecen solo de los niños sabios. Con la camiseta de fútbol de su equipo favorito, este padre/niño, relató la fuerza con la que llevó a sus propios padres, a su esposa y a sus hijos a visitar esa tierra originaria; "Me encontré con eso primos que no conocía pero con los que nos abrazábamos como si nos viésemos todos los días, ellos tienen poco pero son muy felices"  cuenta con una sonrisa intimista. 

Y así se lo escuchaba, arraigado a su padre, a sus abuelos y a toda esa tierra que hoy le permitía en este otro lugar querer y cuidar a su esposa y a sus hijos. 

Ahora entiendo, al pensarlo, que en esos ojos está grabada esa tierra, que describe como carenciada pero feliz. 

Y además de todos los que estamos ahí, lo escucha su esposa, que orgullosa cuenta que desde que conoció ese lugar,  ella también formaba parte de esa familia, que se siente parte y eso la alegra porque así quiere más a “su Juan”, al que describe como inquieto, trabajador y  con menos paciencia  con sus hijos en comparación con ella,  pero aclara que es "un muy buen padre", subrayando sus virtudes para resaltar porque ella lo vuelve a elegir hoy. Dos sabios juntos.

Gracias, Juan, me quedo con tu lealtad por esa tierra, con el amor que le tenés a tu padre, y con tu agradecimiento a la historia.

Matías Muñoz


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