Noches nubladas
Noche de viernes. Salimos de comer algo y así terminar
la semana, y me los topo por sorpresa. Son cuarenta o cincuenta adolescentes de
15 años aproximadamente, que tomaron como punto de encuentro una conocida
galería de la zona en la que vivo.
Todos los negocios cerrados y ellos en la
vereda. Quiero detenerme a mirar. Algo ocurre en esa escena que no deja que me
vaya sin sentir que los dejo solos. Empiezo a caminar entre ellos para ver cómo
están.
Algunos me miran extrañados, quizás pensando que soy
un padre que viene a buscar a su hijo. No están del todo cómodos con mi
presencia ahí. Ellos me miran como a un padre y yo, al verlos, pienso en
mi hija que se acerca estrepitosamente a esa edad.
Varios de ellos se pasean sin detenerse en ningún lugar,
con botellas de plástico cortadas a la mitad tomando el alcohol que parece
acompañarlos. Ellas toman a la par. Varias vestidas de negro, con shorts y un
maquillaje que les es completamente funcional al juego de ser
grandes. Algo en estas chicas, ¡tan chicas!, me remite al "mundo del
espectáculo". Hay algo televisivo, de la ficción , en
su forma de caminar y de moverse; en sus gestos hay algo fílmico,
pero más allá de este juego a ser otros, la infancia todavía no
puede ser disimulada en esas caras maquilladas. Una infancia en retirada pero
que parece todavía cerca, demasiado cerca como para que puedan cuidarse del
todo a ellos mismos.
Caras de niñas y niños jugando un juego que se
percibe peligroso.
Algunos de ellos ya caminan en zig zag, se ríen sin
sentido y se apartan a fumar. No alcanzo a ver si es tabaco o marihuana,
pero está claro que se fuma a escondidas y que ese ritual vivido de a pocos,
los seduce y tal vez los haga sentir "poderosos".
Los minutos pasan, yo no me puedo ir, no veo adultos y
ahora entiendo cuál es la preocupación que me retiene en el lugar. ¿A dónde
irán?, pienso, ¿de acá se irán a bailar?, ¿así?
Ellos ya no me prestan atención. Las miradas están en
sus celulares y entre ellos. Se abrazan, se saludan, probablemente se quieran
mucho, qué mejor que estar entre amigos a los 15 años. Todos lo hemos
transitado y sabemos lo valioso que es ese encuentro.
Pero esas botellas que se vacían y esos
humos que salen de los rincones, no me dejan priorizar la amistad sino el
temor. ¿Estaré demasiado grande? me
encontré preguntándome. Pero había algo de la soledad de estos chicos que me
retenía. Una soledad que yo siento como desamparo.
Pasan los minutos y las botellas se vacían, las risas
aumentan y los equilibrios de los cuerpos de algunos se pierden. Dos o
tres van a un auto y traen más botellas. Me doy cuenta de que algunos tienen
auto, no creo que tengan más de 16 años.
El escenario es sombrío. Además, de a ratos
llueve.
No se cómo estos chicos habrán terminado la noche. Lo
único que sé, es que varios de ellos, la empezaron nublados de
sustancias. Una noche oscura en seres en pleno esplendor.
Probablemente varios de los lectores de estas líneas
estén preocupados por sus hijos y estén conectados con lo que ocurre para
cuidarlos, pero algo del contexto nos vence si estos chicos tan prematuramente
se ponen en riesgo.
Vivimos en un contexto complejo que nos pide, desde la
más temprana infancia, nuestra presencia activa como padres. Que podamos
demostrar de forma explicita el amor que sentimos por ellos. Ese afecto que
expresamos en los juegos, en los abrazos, en las palabras y también en los
límites que ponemos en función de lo que cada edad requiera. Poner un limite en
el momento adecuado tiene el mismo valor que dar un abrazo, nutre, protege y
aunque irrite, transmite amor. Al demostrarles, con nuestra mirada a
nuestros hijos lo valiosos que son, vamos construyendo su amor propio, consiste
en que tengan una imagen valiosa de ellos mismos, para que
progresivamente desde esa vivencia de amor a sí mismos, generen auto
cuidado.
Podrán así decir que NO al riesgo y SÍ a vida, a
esa enorme vida que irrumpe en el amanecer de la juventud, etapa tan creativa y
luminosa. De proyectos intensos, de entusiasmos profundos cuando pueden ser
encontrados, pero esto ocurre, si los ayudamos a correr los velos de
las sustancias que les nublan la conciencia y los anestesian del
deseo. Con proyectos que entusiasmen y con amor a uno mismo y a los demás, todo
riesgo quedará atrás, solo como una transgresión de la etapa vivida.
Y como a los 15 años se desea la autonomía, se busca
poder estar sin los padres presentes, es que es tan necesario incorporar el
amor propio desde la más temprana infancia. Será lo que les sirva de
herramienta para enfrentar las decisiones que ellos van tomando en estos
ensayos de independencia.
Una sensación de valor por lo que se es, permite un
auto cuidado que a la larga es más profundo que algunas conductas transgresoras
que como todo adolescente busquen tener.
Todavía a los 15 años, somos sus guías y compartimos
con cada uno de ellos el sostener su propia existencia. Y así ellos se irán
apoderando de lo propio, de a poco. Es sostenerlos para que puedan sostenerse a
sí mismos.
En la expresión del amor y en los momentos de dialogo
y de juegos compartidos, se pone en escena nuestro proyecto ahora concretado,
de ser padres.
Acompañemos el crecimiento y soltemos en el
momento adecuado.
¡Saludos para todos!
Matías Muñoz



Excelente articulo, reflexion mas alla de la psicología, y con ella enriquecido!
ResponderEliminarEmocion también me surge, porque evidentemente me toca una fibra intima, mucha profundidad en tus palabras aunque el relato es tan sutilmente simple.
Felicitaciones y gracias!
gracias matias por compartir !!!!!
ResponderEliminarNiaaa. Publicación español. Diálogo con adolescentes y alcohol. Complementa este magnífico enfoque. Gracias
ResponderEliminarNiaaa. Publicación español. Diálogo con adolescentes y alcohol. Complementa este magnífico enfoque. Gracias
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