¿Por qué nos cuesta cambiar... a los 40?
Me impactó el escrito de Jorge Fernández Díaz (periodista y escritor argentino) que adjunto en esta entrada. Me llegó de la mano de mi mujer que sabe de mis intereses y de mis temas de desvelo.
Para los que tenemos más de 40 años puede ser enriquecedor leerlo. Y tal vez inquietantemente cuestionador.
Creo que habla de algo que compartimos como generación: el uso frenético del tiempo al servicio de una tiránica exigencia interna.
Seremos quizás una de las últimas generaciones que queden presas de las "formas". Formas y rutinas de vida que sentimos como incuestionables y que nos ayudan a sostener al cansancio como orgullo y a la hiperactividad diaria como fortaleza. ¿Una de las construcciones paradigmáticas del Siglo XX; el ocuparse en actividades como signo de éxito personal?
"No entra más un alfiler en su apretada existencia", dice el autor sobre el protagonista.
Los que compartimos esta generación, representamos un estilo de vida que los jóvenes actuales evitan repetir, se diferencian de nosotros disfrutando del presente y dejándose llevar más por el entusiasmo que por la obligación. Quieren tomar el camino por la vía de los propios deseos.
¿Estarán frente a nosotros, hijos y alumnos, para enseñarnos la fuerza de la autenticidad? ¿Para reflejarnos la fuerza de la creatividad como expresión personal?
Muchos jóvenes y niños actuales rompen con las formas que adoptamos los nacidos en otro siglo, para surgir realizando sus proyectos personales.
El texto habla de la dificultad que tenemos nosotros para tomar otros caminos o vías cuando nos resulte necesario.
¿Por qué nos cuesta cambiar?
Ir más allá de nuestras tendencias temperamentales y de nuestro carácter aprendido en la infancia, supone un esfuerzo y una toma de conciencia importante y profunda. Implica un trabajo personal.
Los seres humanos solo cambiamos y nos dedicamos a esta ardua tarea cuando realmente sentimos la necesidad de hacerlo. Y si no lo hacemos, es porque hay probablemente una necesidad mayor de permanecer en el lugar en el que estamos. Y aunque sea un lugar de sufrimiento o de stress, esa posición en la que permanecemos es al mismo tiempo un lugar de goce.
Hay un goce en el hacer constante para nuestra generación: ¿la aprobación del otro?, ¿la propia satisfacción de cumplir con el deber?, ¿el orgullo de ser fuerte?, ¿el éxito social?, ¿ser leales con las generaciones anteriores que tanto se han esforzado por llegar a la Argentina viniendo de realidades de posguerra?
Esta última es una motivación en la que me interesa detenerme. Fuimos criados, en la mayoría de nuestras familias, en el valor supremo del esfuerzo. Un esfuerzo que mantuvo vivos a abuelos y bisabuelos. La constancia los dejó del lado de la vida y no de la muerte. No se entregaron pasivamente al sufrimiento desgarrador de una guerra o de la pobreza sino que lo sobrellevaron con el proyecto de instalarse en nuevas tierras. ¿Qué efectos tiene está migración sobre nosotros hoy? ¿Qué enseñanzas y estilos de vida nos han dejado?
Creo en la lealtad como una emoción profunda que junto con el amor sostienen una familia. Ser leales implica ser fieles y adherirse a la crianza recibida y a sus valores. La lealtad es transgeneracional.
Ser leales a las generaciones anteriores es una forma de estar con ellos, más allá de la muerte. De ser como ellos y así estar cerca. Por esto nos atrapa, nos vuelve presentes a los muertos.
La lealtad a la propia familia y a las generaciones precedentes puede ser constructiva y expansiva del propio ser ya que que implica agradecer la vida y todo lo recibido desarrollando los valores aprendidos. Pero vivida como fanatismo y como mandato, puede ser conflictiva y perturbadora. La lealtad puede entonces permitir el desarrollo y el crecimiento o inhibirlo si es vivida como destino estereotipado.
Cuando la lealtad toma el color de un mandato podemos hipotecar nuestros deseos, podemos dejar al cuerpo a la intemperie descuidándolo como en el escrito, podemos olvidarnos de lo que tenemos como más propio. Puede llevarnos a vivir la vida de otro por sobre la propia.
Nuestros hijos también nos serán leales. Probablemente en valores importantes que hayamos privilegiado en la crianza pero no en la acción vacía de deseo personal.
Las organizaciones ya están siendo testigos de este cambio generacional cuando quieren emplear a los jóvenes actuales y se topan con pretensiones de los aspirantes que muestran no parecer estar dispuestos a ceder espacios o tiempos personales en pos de un sistema laboral determinado.
Volviendo al relato de Fernández Díaz, también nos muestra la omnipotencia humana. Un ego que no escucha ni sabe de riesgos de muerte o sin ponerme tan dramático, no sabe de la vulnerabilidad. No sabe lo que es "no poder". Solo habla el lenguaje del poder. Y es el Ego lo que al protagonista le impide usar una tragedia personal como motor de cambio y crecimiento. Se olvida del límite vivido y retoma sus "manos libres", como las llama el autor. Manos que no se sujetan a la vida, ni buscan el cambio. Manos que hacen.
Nos enfrenta este escrito con lo necesario que resulta pensar en nuestras vidas. Valorarlas. Sentirlas como valiosos tesoros a cuidar porque nadie lo hará por nosotros. En el camino pueden aparecer maestros, personas queridas, terapeutas, que intenten mostrarnos "otro mirar", que nos ayuden a cuestionarnos a nosotros mismos para intentar cambiar de posiciones en la vida, pero como el protagonista del relato podemos escucharlos, recibirlos o con el tiempo hacerlos funcionales al "no cambio" y transformarlos de maestros a testigos de nuestra omnipotencia.
Y si no... , cuidar la salud que tenemos, dejar espacios para el ocio, para disfrutar de lo logrado, para vincularnos, para hablar y para sentir, para desear y esperar, para no poder y así honrar a nuestros antecesores a quienes les debemos ni más ni menos que el estar vivos. Sólo siendo felices honraremos su esfuerzo.
Los dejo con el artículo que habla por sí mismo.
¡Saludos para todos!
Matias
http://www.lanacion.com.ar/1734743-me-siento-tan-cansado
Para los que tenemos más de 40 años puede ser enriquecedor leerlo. Y tal vez inquietantemente cuestionador.
Creo que habla de algo que compartimos como generación: el uso frenético del tiempo al servicio de una tiránica exigencia interna.
Seremos quizás una de las últimas generaciones que queden presas de las "formas". Formas y rutinas de vida que sentimos como incuestionables y que nos ayudan a sostener al cansancio como orgullo y a la hiperactividad diaria como fortaleza. ¿Una de las construcciones paradigmáticas del Siglo XX; el ocuparse en actividades como signo de éxito personal?
"No entra más un alfiler en su apretada existencia", dice el autor sobre el protagonista.
Los que compartimos esta generación, representamos un estilo de vida que los jóvenes actuales evitan repetir, se diferencian de nosotros disfrutando del presente y dejándose llevar más por el entusiasmo que por la obligación. Quieren tomar el camino por la vía de los propios deseos.
¿Estarán frente a nosotros, hijos y alumnos, para enseñarnos la fuerza de la autenticidad? ¿Para reflejarnos la fuerza de la creatividad como expresión personal?
Muchos jóvenes y niños actuales rompen con las formas que adoptamos los nacidos en otro siglo, para surgir realizando sus proyectos personales.
El texto habla de la dificultad que tenemos nosotros para tomar otros caminos o vías cuando nos resulte necesario.
¿Por qué nos cuesta cambiar?
Ir más allá de nuestras tendencias temperamentales y de nuestro carácter aprendido en la infancia, supone un esfuerzo y una toma de conciencia importante y profunda. Implica un trabajo personal.
Los seres humanos solo cambiamos y nos dedicamos a esta ardua tarea cuando realmente sentimos la necesidad de hacerlo. Y si no lo hacemos, es porque hay probablemente una necesidad mayor de permanecer en el lugar en el que estamos. Y aunque sea un lugar de sufrimiento o de stress, esa posición en la que permanecemos es al mismo tiempo un lugar de goce.
Hay un goce en el hacer constante para nuestra generación: ¿la aprobación del otro?, ¿la propia satisfacción de cumplir con el deber?, ¿el orgullo de ser fuerte?, ¿el éxito social?, ¿ser leales con las generaciones anteriores que tanto se han esforzado por llegar a la Argentina viniendo de realidades de posguerra?
Esta última es una motivación en la que me interesa detenerme. Fuimos criados, en la mayoría de nuestras familias, en el valor supremo del esfuerzo. Un esfuerzo que mantuvo vivos a abuelos y bisabuelos. La constancia los dejó del lado de la vida y no de la muerte. No se entregaron pasivamente al sufrimiento desgarrador de una guerra o de la pobreza sino que lo sobrellevaron con el proyecto de instalarse en nuevas tierras. ¿Qué efectos tiene está migración sobre nosotros hoy? ¿Qué enseñanzas y estilos de vida nos han dejado?
Creo en la lealtad como una emoción profunda que junto con el amor sostienen una familia. Ser leales implica ser fieles y adherirse a la crianza recibida y a sus valores. La lealtad es transgeneracional.
Ser leales a las generaciones anteriores es una forma de estar con ellos, más allá de la muerte. De ser como ellos y así estar cerca. Por esto nos atrapa, nos vuelve presentes a los muertos.
La lealtad a la propia familia y a las generaciones precedentes puede ser constructiva y expansiva del propio ser ya que que implica agradecer la vida y todo lo recibido desarrollando los valores aprendidos. Pero vivida como fanatismo y como mandato, puede ser conflictiva y perturbadora. La lealtad puede entonces permitir el desarrollo y el crecimiento o inhibirlo si es vivida como destino estereotipado.
Cuando la lealtad toma el color de un mandato podemos hipotecar nuestros deseos, podemos dejar al cuerpo a la intemperie descuidándolo como en el escrito, podemos olvidarnos de lo que tenemos como más propio. Puede llevarnos a vivir la vida de otro por sobre la propia.
Nuestros hijos también nos serán leales. Probablemente en valores importantes que hayamos privilegiado en la crianza pero no en la acción vacía de deseo personal.
Las organizaciones ya están siendo testigos de este cambio generacional cuando quieren emplear a los jóvenes actuales y se topan con pretensiones de los aspirantes que muestran no parecer estar dispuestos a ceder espacios o tiempos personales en pos de un sistema laboral determinado.
Volviendo al relato de Fernández Díaz, también nos muestra la omnipotencia humana. Un ego que no escucha ni sabe de riesgos de muerte o sin ponerme tan dramático, no sabe de la vulnerabilidad. No sabe lo que es "no poder". Solo habla el lenguaje del poder. Y es el Ego lo que al protagonista le impide usar una tragedia personal como motor de cambio y crecimiento. Se olvida del límite vivido y retoma sus "manos libres", como las llama el autor. Manos que no se sujetan a la vida, ni buscan el cambio. Manos que hacen.
Nos enfrenta este escrito con lo necesario que resulta pensar en nuestras vidas. Valorarlas. Sentirlas como valiosos tesoros a cuidar porque nadie lo hará por nosotros. En el camino pueden aparecer maestros, personas queridas, terapeutas, que intenten mostrarnos "otro mirar", que nos ayuden a cuestionarnos a nosotros mismos para intentar cambiar de posiciones en la vida, pero como el protagonista del relato podemos escucharlos, recibirlos o con el tiempo hacerlos funcionales al "no cambio" y transformarlos de maestros a testigos de nuestra omnipotencia.
Y si no... , cuidar la salud que tenemos, dejar espacios para el ocio, para disfrutar de lo logrado, para vincularnos, para hablar y para sentir, para desear y esperar, para no poder y así honrar a nuestros antecesores a quienes les debemos ni más ni menos que el estar vivos. Sólo siendo felices honraremos su esfuerzo.
Los dejo con el artículo que habla por sí mismo.
¡Saludos para todos!
Matias
http://www.lanacion.com.ar/1734743-me-siento-tan-cansado



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