¿Alguien cumple nuestras expectativas?

Los seres humanos sufrimos desilusión en los vínculos.

En cada nueva relación que establecemos, ponemos expectativas, el deseo de que el otro nos satisfaga, nos haga sentir plenos y realizados.
En un primer momento, queremos que el otro "sea  nuestra ilusión" y que se ajuste a lo que creemos que debe ser.

Buscamos en nuestros hijos, en nuestras parejas, en nuestros socios, la completud y el ideal. Buscamos seres que nos "den felicidad" ¿Es el otro el que nos hará felices? Depositamos así en el afuera, la responsabilidad de nuestra propia plenitud.

Pero el otro se resiste, porque nadie quiere estar en una relación en la que se le exige hacer feliz a alguien
como si fuese una obligación y no una opción desde el amor o como si esa misión implicara tener que convertirse en otro y no poder mostrarse tal cual se es.

Y luego de todo período de ilusión, de enamoramiento, de todo momento de espejismo que tiene un vinculo, las personas vamos mostrando lo que somos, que incluye nuestra vulnerabilidad, lo que nos cuesta en la vida, lo que nos hace seres imperfectos.

Pero  paradójicamente, cuando sentimos que en una relación podemos ser nosotros mismos y nos sentimos aceptados y valorados en ese ser personal limitado, es que  también vamos pudiendo ser y actuar  nuestras mayores  fortalezas, mostrar lo que nos hace únicos, especiales y desplegar nuestros talentos más personales.

La identidad es esa conjunción compleja de vulnerabilidad y fortaleza, de límite y riqueza.  Y es en un vinculo de aceptación y amor en el que lograremos poner este ser en juego.

Las relaciones que sobreviven, que perduran a lo largo de la vida y que nos ayudan a realizarnos siendo lo mejor de nosotros mismos  son las que transforman esta desilusión en encuentro. Las que se conforman por la capacidad de aceptar la singularidad del otro y amarla, las que parten del otro como es y no como nos gustaría que fuese. Las relaciones que se forman por dos seres humanos reales.

El otro ES, mas allá de nuestras expectativas.

Cada uno cambia de adentro hacia afuera, las personas cambiamos si queremos y si podemos y si nos damos cuenta de que el cambio es bueno para nosotros. No cambiamos para dejar al otro satisfecho; eso parece no alcanzar como motivación para un cambio profundo. Cambiamos si descubrimos que es por un bien mayor, por algo que nos llevará a realizarnos.

Una  vez que conocemos al otro en su esencia, en su ser profundo, es que se empieza a jugar nuestra libertad, nuestra decisión de formar parte de la vida del otro o no y que él o ella formen parte de la nuestra.
Conociendo al otro seremos más libres, podemos elegirlo o no, excepto en la relación padres e hijos que si nos conectamos con ese amor incondicional de padres, intentaremos estar presentes en la vida de nuestros hijos toda la vida. Pero si en esa presencia aceptamos a nuestros hijos como son y los queremos en su ser más personal, los ayudaremos a crecer en seguridad y fortaleza.

El amor al otro por SER QUIEN ES  lo ayudará  a darse a sí mismo la felicidad que se merece.
Y así los vínculos nos enriquecen, son el escenario en el que nos podemos desplegar y sentir la felicidad de ser nuestra  riqueza y nuestro límite.
Y así, en esa relación profunda, de aceptación, nos podremos realizar mutuamente.

Una relación sana permite y favorece el despliegue personal de los dos miembros que la conforman. Cada uno se realiza a sí mismo, y se enriquece profundamente en ese encuentro.

De la desilusión al encuentro.

Saludos para todos.

Matias Muñoz


Comentarios

  1. Muy bueno Matías; lo difícil que resulta a veces la aceptación y lo bueno que es cuando se produce. ..abrazo

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