Todos tenemos un padre que nos dijo que SI y que nos dijo que NO.
Todos tenemos un padre. Esté o no presente en nuestras vidas,
habite en nuestro recuerdo o viva con nosotros ahora. Todos tuvimos un padre
que nos dio el regalo de la vida. Gracias a nuestro padre y a nuestra madre
estamos vivos.
A ese padre lo hemos endiosado y enjuiciado, lo hemos sentido
ausente o presente, distante o cercano, tierno o firme. O una combinación de
todas estas alternativas.
Y con un primer SI nos dio la vida, nos confirmo la posibilidad de
ser. En ese SI ya fuimos alguien para él. Con mayor conciencia o inconsciencia
nos eligió como hijo.
Y a lo largo de la historia habrán surgido otras afirmaciones en
las que nos intentó dar seguridad y certezas. Al desearnos, elegirnos y
mirarnos como alguien valioso nos ayudo a valorarnos a nosotros mismos.
Pero con el paso del tiempo también aparecieron los NO. Al crecer
nos fue mostrando o fuimos
percibiendo lo que él NO podía, su límite humano. Nos dijo con sus
acciones: “yo NO soy alguien todopoderoso para vos, puedo no poder o ausentarme
por haber sufrido las carencias de mis propio padres y también tener mis limitaciones".
Ante un padre que nos desilusiona tenernos dos alternativas:
quedarnos en el enojo, en el dolor y en criticarlo por lo que no pudo o superar
este enojo que es necesario pero llegar a la aceptación del padre real que
hemos tenido, darnos la posibilidad de agradecerle lo que fue y hacer nuestro
propio destino.
Y también éste padre nos dijo NO en cada límite que nos puso en la
infancia o en la adolescencia. "No vas a tener todo o te voy a poner
este límite para que no puedas lograr todos tus deseos o aspiraciones de forma
completa”
Y paradójicamente en esos NO, nos dió la libertad,
porque en esa experiencia nos mostró que nosotros no podemos todo, que tampoco
somos perfectos ni omnipotentes.
Aceptar la vulnerabilidad en uno mismo y en los demás, nos da entereza porque nos da la posibilidad de amar lo que uno es y puede; y aceptar compasivamente el propio limite, el límite que tienen las experiencias y que tenemos las personas.
En su humanidad, en su ser humano herido y en los límites que decidió poner, el padre le enseña a un hijo que la vulnerabilidad humana y su aceptación, dan libertad para errar, dan tranquilidad para aceptar lo posible en uno y en los demás y ayuda a alejarse de la intranquilidad permanente que da buscar lo perfecto y lo completo.
Tener un padre ayuda a integrar lo posible con el deseo de
superación.
Y al ser nosotros padres podemos reeditar la experiencia, mostrándoles
a nuestros hijos que las personas y las
situaciones tienen un borde, un límite entre lo posible y lo imposible. Estando
con ellos, siendo cercanos, presentes, pero desde nuestra propia humanidad. Así
les daremos la fuerza para buscar sus opciones en la vida. Sus elecciones.
En cada limite que ponemos o mostramos desde el amor de padres,
estamos dando fuerza a nuestros hijos para desear, estamos simbólicamente
diciendo: "vos podes
buscar o conseguir las cosas, no te voy a abastecer toda la vida de lo que vos
necesitas; éste es mi limite como padre y si sos joven o casi adulto empezó la tarea de buscar lo que
deseas por vos mismo, con mi compañía y mi consejo, pero poniendo en juego
tu propio deseo y esfuerzo
personales".
Dejar de ser omnipotentes para nuestros hijos cuando van
terminando la infancia, frustrarlos progresivamente adecuándonos a las necesidades de cada edad,
es darles libertad y fuerza para crecer. Ser padre en la juventud es estar
cerca pero permitir que el hijo sea, ser compañía pero tolerar y favorecer que se
mueva por sí mismo y busque su propio proyecto de vida.
Y así los NO en el tiempo adecuado, puedan fortalecer y dar vida a
nuestro hijo como lo hicimos dando ese primer SI.
Matías Muñoz



Mientras leía podía escucharlo hablar profe. Tiene un don enorme al poder expresar con tanta claridad sus pensamientos y para transmitir sus conocimientos. Gracias por ser!!
ResponderEliminarMuy bueno!
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