Los tiempos en los que vivimos



¿En qué tipo de tiempo vivimos? 

Hace pocos días transcurrió Diciembre. Un mes en el que todo acontece en un ritmo tan estrepitoso que aprovechamos cualquier circunstancia de encuentro para conversar sobre nuestro agotamiento y sobre nuestra espera ilusionada de llegar a las vacaciones para poder descansar.
Las calles se convulsionan con nuestras ebulliciones internas, ansiedades y acciones pendientes. Es un fenómeno extraño el que sucede en Diciembre. Nos llenamos de eventos como si fuesen las últimas oportunidades de saldar deudas pendientes en nuestros vínculos. "Veámonos antes de fin de año" nos prometemos con las personas que nos cruzamos por ahí. ¿Qué es lo que termina en diciembre? 

La vida parece constituirse de cierres y de aperturas continuas y sucesivas que desconocen de un mes o de otro. Todo continúa y se transforma.

Y ahora nos atraviesa Enero, quizás en una ciudad mas despoblada o viviendo ansiados días de descanso que nos sirven para bajar el ritmo.

Las personas habitamos un tiempo que nos atraviesa, pero los seres humanos significamos el tiempo. ¿Qué es el tiempo para cada uno de nosotros?
   
Para algunos, más allá de lo que el calendario indique, el tiempo es vértigo, es un acelere de acciones que nunca acaban, corridas riesgosas para un cuerpo exigido que no conoce de pausas. Sostenemos ese ritmo, entre otras razones, porque es un uso del tiempo que nos hace sentir superiores.
Según el discurso cultural que intercambiamos sostenemos la creencia de que para ser importantes hay que estar ocupados, sobre ocupados. Y al toparnos con aquellos que van con otro andar por la vida nos preguntamos: ¿En  que habrán fracasado? Miramos de reojo y con desconfianza a las personas que eligen tener otra experiencia del tiempo. Pero así nos ponemos en riesgo  desde una omnipotencia en la que nos regodeamos.

En este tiempo que describo como “el tiempo del vértigo”, la respuesta a la demanda o a un pedido del otro es más vivido como una obligación a satisfacer que como una acción amorosa o trascendente. Nuestro ego nos pide satisfacer demandas simultáneas de las personas que nos rodean. ¿Para qué necesitamos correr tras la demanda del otro? ¿Para obtener su aprobación? ¿Para evitar el conflicto que surge en un vinculo por la diferencia de expectativas? ¿Por no querer desilusionarlo? Así corremos el riesgo de transformar nuestra identidad en un “pastiche” como lo denomina Kenneth, Gergen:” La personalidad pastiche es un camaleón social que toma en préstamo continuamente fragmentos de identidad de cualquier origen y los adecua a una situación determinada” (Gergen, K. 2006, El yo saturado” Ed. Paidos Barcelona)
Cuando en un vinculo no damos lo que somos, nos convertimos en personas que nos camuflamos del color que el otro espera que seamos. No nos entregamos, simulamos para estar acompañados o sentirnos queridos.

Pero hay otro tiempo. Podría llamarlo el “tiempo de la conexión”. Algunos de nosotros podemos intentar vivir la experiencia de un tiempo que no privilegia el calendario. Es el tiempo interno, el propio, que surge de ritmos inmanejables por nuestro ego controlador o buscador insatisfecho de adulación.  Es el tiempo de la pausa, del detenimiento adentro nuestro, el tiempo que nos pide habitarnos, conectarnos con esa parte de nuestro ser que poco sabe de logros, fracasos, cumplidos y obligaciones. Es el tiempo del registro de uno mismo, en el que la vivencia aparece inexorable y la emoción se nos brinda para ser asida sin mediatez. Es el tiempo sin juicios, es la experiencia personal y subjetiva la que se nos muestra. En esa pausa nos escuchamos. Y nos expresamos. No cumplimos, somos. No solo hacemos, sentimos. No enjuiciamos, escuchamos. No nos amoldamos, nos entregamos como parte de la intimidad deseada. Es la experiencia de estar atento a la vivencia interna y continua frente a la realidad.

¿En qué tiempo vivimos? ¿En qué espacio somos? ¿Corremos para quién? ¿Podemos escucharnos?

Por momentos vivimos en un espacio de tanta acción sin sentido que quedamos a la intemperie, ausentes de nosotros mismos. En un ruido de acciones ensordecedoras en las que desaparecemos y quizás solo recibimos un halago del exterior que nos fascina. Pero tanto nos fascina que nos pierde  de nuestra esencia.

El tiempo del  vértigo se sostiene por una creencia en mi opinión falsa que enuncia: “tenemos que llegar a algún lugar”.

En el tiempo de la conexión el momento presente es el espacio a alcanzar. El logro más fundamental  es con uno mismo, el resto es vacío. Y desde ese logro nos encontramos con los otros y nos seguimos constituyendo en ese “ser con los demás”.

El logro estaría en ir hacia la presencia, para ser para nosotros mismos fuentes de escucha y de registro de nuestro mundo interno y así ponder contener ese mundo de las personas mas cercanas,  nuestros afectos, vivir así en resonancia afectiva, por nosotros y por los otros. 

Saludos para todos,

Matías Muñoz


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